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Después de Catán (2022): un ensayo de Víctor Cruz

  • Foto del escritor: Juan Velis
    Juan Velis
  • 18 nov 2022
  • 3 Min. de lectura

~ Después de Catán se puede ver en Cine.ar Play.


En su anterior película, Taranto (2021), Víctor Cruz ofrecía un testimonio de un problema local que es ya hace tiempo un debate universal: la grieta social de una ciudad al sur de Italia dividida por el cierre parcial de la fábrica de acero más grande de Europa. En su nueva entrega, Después de Catán, el eterno tópico del desastre ambiental entra en juego una vez más…



En este flamante ensayo documental, el realizador argentino explora con melancólica franqueza una serie de conceptos que van desde la contaminación en una localidad del Gran Buenos Aires hasta la inexorable crisis motivacional que implica el oficio de ser documentalista. En González Catán (localidad del partido de La Matanza, al sur de la Ciudad de Buenos Aires) las montañas de basura y desechos se acumulan como parte del paisaje. La obstrucción de un entorno cuasi rural y campestre llega con inmensos camiones de basura que descargan en esa porción de tierra mucho más que residuos y plásticos. Siembran la desidia y la enfermedad. “Mi hijo contrajo cáncer, yo estuve con él todo el tiempo, pero a él le dolían las venas…”, “la gente que tiene el poder para hacer algo, no lo hace”, declara, agobiada, una vecina.


Un ensayo (casi) existencial


Unx podría pensar que la leyenda introductoria y aclaratoria de “un ensayo de…” direcciona a la obra hacia un horizonte de expectativas genérico de experimentación formal y explicitación descarnada del Yo enunciativo en el registro. Efectivamente, muchas de estas operaciones entran en juego, pero a la vez hay algo de la tensión opacidad-transparencia, eterno dilema de los modos de representación en el cine documental, que se desprende de Después de Catán con un fervor que exige seguir nombrando la palabra “documental”. Por más que, hoy en día, se trate de una categoría difusa y resbaladiza.


Es cierto, se trata de un ensayo (o más bien un ensayo-documental), pero es inevitable redirigir la reflexión hacia los confines de la representación del también llamado “cine de lo real”: las imágenes sonoras dolientes que exhibe Cruz en esas entrevistas de madres desahuciadas por el desamparo ante las políticas contaminantes demandan transparencia. Reclaman evidencia y reconocimiento de una cruda realidad entendida como lo real que acontece y, duramente, permanece. La cámara que exhibe, la cámara que expone, la cámara que muestra para que duela y atraviese. La cámara que visceraliza el dolor, para que alguien lo vea, para que alguien lo sepa. Pero, ¿sirve realmente de algo que alguien lo sepa y ya? Esas preguntas regurgitan por las noches en la introspección de Cruz.

¿Cómo expresar y exorcizar, en inútiles articulaciones de imágenes y sonidos, ese ardoroso pesar que se torna dilema moral y profesional? Hay un camino: a través de procedimientos opacos, que también son propios de la lógica expresiva documental. La inclusión de la publicidad del CEAMSE (Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado), las irrupciones en voz off, la ubicuidad de las imágenes, la intención de reflexionar sobre varios temas al mismo tiempo y expresarlo materializando así el pensamiento, son algunas de las variables propias de este tipo de tratamientos.



El (auto)cuestionamiento


Ahí aparece entonces otro punto álgido de inflexión, el de (auto)cuestionarse el propósito de hacer películas para escasas audiencias, el de la función social del documental como herramienta enunciativa de denuncia crítica y divulgación. “Soy consciente de que mis aspiraciones exceden por mucho mi talento”, arroja Víctor Cruz en primera persona. “Aparento no tener problemas con las frustraciones que me convirtieron en adulto, pero en realidad no logro aceptar mi intrascendencia”, se sincera y unx como espectador suspira apesadumbrado. ¿El pequeño alivio ante todo esto? Ganarle una discusión telefónica a Fernando Martín Peña.


Así y todo, estos ensayos documentales acaban siendo necesarios. Porque imponen una obligada pausa reflexiva para quien asiste al visionado. Para quien empatiza y se siente identificado con las reflexiones que Cruz dispara y escupe.


La pregunta del “para qué”


En esta ocasión, la pregunta insoportable pero urgente del “para qué”, resuena con muchísimo más espesor que la del “cómo”… Si bien los aspectos procedimentales y formales constituyen una marcada búsqueda estética en pos de explicitar la crisis casi existencial que retumba en la cabeza de Cruz, mediante imágenes fragmentarias pero pregnantes, voces en off y un montaje nervioso, el interrogante por la motivación creativa y realizativa es el que realmente prevalece. La intención certera, el propósito nodal del propio director, tal vez sea precisamente ese: que el/x espectador/x se apropie del “para qué” para trasladarlo a sus propias vivencias profesionales, vocacionales o sencillamente humanas y experienciales. No es tarea fácil asumir ese “para qué”, pero podríamos aseverar sin titubear que todo el mundo es presa de esa interrogación ardorosa que carcome. Todxs tienen la pregunta, algunxs pocos la respuesta.





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